Julius Radical

Luego de haber fijado su lente sobre figuras de halo marginal y transgresor en la literatura argentina —como Washington Cucurto y Fabián Casas—, el cineasta tarijeño Edmundo Bejarano vuelve a la patria, al terruño, para ocuparse del poeta chuquisaqueño, afincado en Tarija, Julio Barriga. La última navidad de Julius (2015) es el magistral retrato claroscuro de un vate. Es la acusada remarcación de contrastes en el cuerpo, la voz y la cotidianidad del escritor, el núcleo de una narración y una propuesta estética que conmueve e incomoda en proporciones similares.
Sus primeros minutos son memorables. Un anciano con el torso desnudo a contraluz (imagen recurrente en interiores), hueso y fibra, en una sobrecogedora comunión entre muerte y vitalidad. Un anciano calzándose un ‘disfraz’ de adolescente, incluidas una camisa colorinche, una mochila escolar y un sombrerito de explorador. Un anciano abandonando su encierro voluntario de luces mortecinas, de piso de tierra y moho, de paredes descascarando un celeste apagado, de libros, periódicos y trastos viejos, para entregarse a la tibia y bucólica luminosidad del valle tarijeño.
Ese vaivén entre un fuero interno, lúgubre y asfixiante, y un exterior siempre en movimiento, lleno de colores, pájaros cantando y música popular, es el reflejo del poeta que, negándose a abandonar la niñez, (sobre)vive atravesado por la muerte, esperándola y huyendo de ella en un juego desquiciado.
Pero este perfil de un genio desbordado —navegando entre citas inventadas, poemas robados y anécdotas imposibles, que sufre la partida del amigo más amado, Roberto Echazú, e idolatra a una derruida y hermosa Amy Winehouse— no es producto del azar. Se debe, en todo caso, a la afilada y paciente mirada de Bejarano, su capacidad de mantenerse por fuera, a pesar de la visible tensión que genera en su personaje ese ojo insomne y obstinado que se lanza sobre él.
De la misma manera, en exteriores, Tarija y sus paisajes son el mejor telón de fondo para la otra cara de Julius. La del niño que, a paso acelerado, parece huir de su destino: inquieto, trepando árboles o postes, girando increíblemente en las paralelas de un parque infantil, contando historias imposibles, sonriendo traviesamente, haciendo gala de un humor sencillo, pero agudo.
Esta película no es una intentona hagiográfica. Sino no se explicarían la lectura de poemas francamente desechables o la intromisión de la cámara en momentos triviales y que claramente incomodan a Barriga, porque lo muestran fuera del personaje que él ha creado de sí mismo. El director no le ofrece ninguna concesión. Acaso sea ese el motivo por el que Julius se niegue a ver el documental.
Hacia el final suena una canción de Él mató un policía motorizado. “Noche de los muertos…” y Barriga roba flores para Santa Amy. La muerte regresa al poeta (o viceversa): esta vez en una forma sublime y que, inexplicablemente, podría hacer de sus días y sus tormentos algo más llevadero.
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